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Una vez más se hallaba en su adorado Madrid, su estancia se reducía a unos pocos días con motivo de un congreso. Debía ir hasta el Paseo de la Castellana y era el segundo día que hacía el mismo trayecto, pero se transfiguró en algo excepcional. Subió al metro en la estación de Sol dirigiéndose hasta la de Plaza de España, en donde debía hacer transbordo en la línea 10 y bajarse en el Santiago Bernabeu. En la estación iba caminando atenta a los carteles para no perderse, todos los pasillos le parecían iguales. Las gentes que iban en su dirección llevaban la misma expresión que ella, algo adormilados por la hora temprana. Presurosos para no perder el tren, pero nadie miraba a nadie. Tuvo la sensación de encontrarse en una cadena de montaje, sobre una cinta transportadora y ella formaba parte de un montón de piezas que llegarían a un final marcado.
Después de recorrer varios pasillos descendía por las escaleras mecánicas que le conducirían hasta el andén. Encontrándose en el primer tramo de las mismas, llegó hasta sus sentidos lo que parecía ser música. Aún se percataba que estaba un poco dormida y las notas la despertaron de su letargo. Pero no podía ser que viniera del metro, no había altavoces, nunca los había visto.
Era un saxofón lo que sobresalía en la melodía. Cuando taconeó el segundo tramo de escaleras ya estaba intrigada ¡Qué música más hermosa! Pero además, a ella el sonido del invento del Señor Sax, la enamoraba. Al alcanzar la medianía de la travesía ya consiguió ver la procedencia de la música. Era un joven que acompañado de un pequeño equipo de música ejecutaba la composición. Se le alegraba el alma según se acercaba. Era como si estuviera volando, no se movía pero era transportada por una senda automática que le acercaba a él.
Comenzó a sonreírle al tiempo que le estudiaba. Entre la gente que la cercaba se dio cuenta que la había descubierto, le sonrió con los ojos y cuando estuvo frente a frente la amplia sonrisa se convirtió en un “bravo” en voz baja. El músico le respondió con una sonrisa y le guiñó un ojo.
¡Qué experiencia! Apenas aconteció en unos pocos minutos, lo que tarda una escalera de esas en llevarte. Sin embargo, no se paró porque tenía prisa y aunque lo hubiera intentado la marea humana que la rodeaba se lo hubiera impedido. Ese encuentro le alegró la mañana. Por la noche, cuando regresó por el mismo pasillo, él no estaba. Se sintió desilusionada, deseaba escucharle de nuevo.
Al día siguiente, desde que despertó pensó en lo ocurrido y si por casualidad volvería a encontrarle. Y, por segunda vez se le alegró el alma, estaba allí. Si bien no había nadie a su alrededor, estaba prácticamente sola en la escalera porque había salido más temprano que el día anterior. Delante de ella absolutamente nadie, detrás sólo tres o cuatro personas. Tampoco se paró esta vez pero le volvió a sonreír con los ojos y de sus labios salió un alegre “buenos días” cuando pasó a su lado. Le devolvió la sonrisa y saludó con la mano.
Ese día no volvería por la noche sino a primeras horas de la tarde. Serían cerca de las cuatro y estaba casi segura que no le encontraría. Ahora que había decidido pararse y hablar con él, era probable que no estuviera. Pero cuando bajó del tren y se dirigía a las escaleras, le escuchó. Era inconfundible el sonido del saxo, no podía ser otro. Llegó hasta su lado, no había nadie en el pasillo, estaban solos; él, ella y la música. Se paró decidida a escucharle hasta el final, no tenía prisa. Entonces sacó la cartera y le puso unas monedas mientras le miraba, él no paraba de sonreírle con los ojos.
Pero no le habló, antes de que acabara de tocar comenzó a caminar despacio, se despidió y subió la escalera moviendo la cabeza al compás de la música y de vez en cuando miraba atrás.
Tanta decisión no le sirvió de nada, le salió su vena más tímida y no fue capaz de esperar a que acabara para hablarle. Fue una pena que sucumbiera ante su cobardía. Ese día se había fijado bien, tenía el pelo largo recogido en una coleta, ojos claros que le parecieron verdes o quizá azules, pero le daba vergüenza fijarse porque ellos no dejaban de mirarla azorándola, y no quiso investigar más.
Estuvo pensando en volver al día siguiente aunque era sábado y ya no tenía que coger el metro, sólo por verle y hablarle. Pero su timidez hizo notar su presencia y se excusó en que no tendría tiempo para hacerlo; ésta hizo que desistiera.
Cuando volaba de regreso a su casa recordó lo ocurrido. ¿Se acordaría el músico de ella? ¿Estaría esperando verla de nuevo? Probablemente no, son tantas las personas que pasan a diario por su lado que ella sería una más. Quizá en un próximo viaje, si tiene tiempo, hará ese trayecto sólo por ver si le encuentra y para entonces quizá haya terminado el cuadro que decidió pintar. ¿Llegará ese momento? Ni ella misma lo sabe.











